Ciudades desesperadas
Por admin • Oct 26th, 2009 • Sección: Hemeroteca del EsteEl corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Gonzalo Aragonés, ha seguido un tema revelado por la edición rusa de Newsweek: el desmoronamiento económico y social de las ciudades monoindustriales soviéticas.
“Las perspectivas de encontrar un nuevo trabajo son muy bajas. No hay vacantes de mi especialidad y están despidiendo a gente de todos los sitios”, se lamenta un joven programador informático, Evgeni Fedonin, de 27 años, poco después de entregar en el Centro de Empleo de Togliatti los documentos que le acreditan como un parado más. Su preocupación es un sentimiento compartido no sólo en esta ciudad a orillas del Volga, sino en otros muchos centros industriales de toda Rusia, herencia del pasado soviético.
Rusia cuenta con 221 ciudades monoindustriales, según un reciente informe del Ministerio de Desarrollo Regional, donde se señala que 19 de ellas se encuentran en situación económica crítica, según desveló la revista Russkiy Newsweek. La dependencia casi en exclusiva de una sola fábrica, de una mina, de una actividad muy concreta las ha colocado en una situación especialmente vulnerable con la llegada de la crisis económica.
El caso más paradigmático de estas ciudades es Pikalevo, en la provincia de Leningrado. Su población de 21.900 habitantes depende de un sector muy concreto: el cemento. El pasado 2 de junio, unas 300 personas cortaron una de las principales carreteras de la región, exigiendo el pago de sus salarios y que no se cerrase la fábrica de Bazeltsement, propiedad del oligarca Oleg Deripaska, con 2.500 empleados.
El Gobierno ruso actuó con rapidez para aplacar uno de los pocos brotes de descontento social que se han producido en Rusia desde que Vladimir Putin llegó a la presidencia en el 2000. En dos días, Deripaska y Putin (ahora primer ministro) se presentaron en la pequeña ciudad para escenificar una solución. Putin hizo firmar a Deripaska delante de las cámaras un compromiso para pagar los sueldos de forma inmediata y mantener el empleo.
Pero según los expertos no hay vuelta atrás. Hay industrias desperdigadas por todo el país, ya sean petroleras, metalúrgicas, fábricas de celulosa, que están condenadas a desaparecer. El camino puede ser largo, pero forma parte de un proceso postindustrial que en Rusia todavía no se ha acometido. “En la Unión Europea lo que se hizo fue programar la liquidación de esas industrias cuyo valor real ni siquiera superaba un euro. Se les puso una cruz, se cerraron y las autoridades se dedicaron a buscar soluciones para la gente. Pero eso aquí no se ha hecho”, explica durante una entrevista con La Vanguardia el profesor Serguei Artobolevski, del Instituto de Geografía de la Academia de Ciencias de Rusia. Como apunta muy gráficamente Piotr Zolotariov, líder del sindicato Edinstvo, del mayor constructor de vehículos ruso, AvtoVAZ, en Togliatti, “se pusieron todos los huevos en la misma cesta”. Y tras el fin de la URSS, esos huevos ni se cambiaron de cesta ni en la cesta se puso nada más. Según Artobolevski, al fenómeno de la sociedad postindustrial rusa se añaden otros dos: el despoblamiento y la emigración. Pero, puntualiza, “no es algo que esté sucediendo ahora, sino que empezó hace 20 años”. Y es en momentos de crisis, como el actual, cuando se crea la alarma. En las dos últimas décadas la población rusa se ha ido concentrando en la zona europea del país, al oeste de los Urales, y de forma especial en Moscú, en San Petersburgo y en la región de Krasnodar, a orillas del mar Negro. “Sobre esto siempre se cuenta una anécdota”, sigue el profesor: “Ivanov emigra a Novosibirsk y Petrov emigra a Moscú. Siempre en dirección al oeste. También hay otro movimiento migratorio, de norte a sur”.
Una de las ciudades monoindustriales que ya tienen puesta la cruz es Baykalsk, en la provincia de Irkutsk, Siberia. Su fábrica de celulosa cerrará y la ciudad, cerca del lago Baikal, se convertirá en un centro turístico internacional. La idea es crear oportunidades para el pequeño y mediano negocio, explicó el viceministro de Industria Stanislav Naumov, y desarrollar el submarinismo, el esquí, una pequeña industria farmacéutica, entre otros. El Gobierno ruso ha habilitado ya 20.000 millones de rublos (unos 460 millones de euros) que Baykalsk compartirá con Togliatti. No es dinero, ha puntualizado Moscú, para salvar a las empresas existentes, sino para crear alternativas. Haciéndose eco de un informe del Ministerio de Desarrollo Regional, el diario económico Vedomosti aseguraba a finales de septiembre que no se mantendrán las ciudades donde “las empresas funcionan con una tecnología vieja de 30 o 40 años, sin modernización en los últimos 15, y cuya producción está alejada del mercado”. Las ciudades pequeñas como Svetlogorye, en la región de Primorie del Lejano Oriente ruso, corren serio riesgo de desaparecer. Tras el cierre de la mina de wolframio y el despido de sus 300 trabajadores, los 1.700 habitantes poco tienen que hacer en un lugar alejado del tren, única posibilidad que podría quedar para atraer inversiones. Un proceso más lento, aunque progresivo, será el de algunas ciudades mineras del norte, cerca del círculo polar Ártico,como Vorkutá e Inta, en la república de Komi.
Mientras esto ocurre, a los habitantes de las ciudades monoindustriales les toca apretarse el cinturón. Ahora la jornada laboral se ha reducido hasta tres días semanales, y con ella los sueldos. Las horas extras en la planta de AvtoVAZ en Togliatti se han terminado y los 19.000 rublos (unos 440 €) que podía ganar un empleado al mes, en agosto y septiembre en muchos casos quedaron reducidos a 7.000 (160 €).
Historia de una epopeya
Según el guión económico soviético, las ciudades monoindustriales distribuidas por la URSS tenían que acoger sectores industriales estratégicos. Muchos jóvenes encontraron allí la oportunidad para una vida mejor. “Al venir ya tenías trabajo y al poco tiempo, un piso. ¡Eso era maravilloso! Porque entonces era imposible conseguir una casa”, explica la jubilada Anna Ivanovna, que abandonó Murmansk por Togliatti hace cuatro décadas. “Allí yo vivía en una habitación de ocho metros cuadrados, y aquí al poco tiempo mi marido y yo recibimos un piso de dos habitaciones”. Esta epopeya comenzó a finales de los años sesenta del siglo pasado, cuando en colaboración con la italiana Fiat se fundó la Fábrica de Automóviles del Volga (VAZ). En 1970 comenzó a producir los modelos Lada. La población creció rápidamente. En 1959, en Stavropol del Volga sólo vivían 72.000 personas. En 1964 la ciudad quedó anegada por la construcción de una presa, y el nuevo asentamiento se rebautizó como Togliatti, en honor del líder comunista italiano Palmiro Togliatti, muerto ese año. La ciudad, que se construyó alrededor de la fábrica, tiene hoy 705.000 habitantes. “Fueron también tiempos muy difíciles. Mi marido y yo sólo teníamos un par de botas. No había asfalto y todo estaba encharcado, y yo esperaba a que él volviese del trabajo para poder salir de casa. Ahora tenemos una ciudad maravillosa”.
Gonzalo Aragonés para La Vanguardia
Para saber más | Reportaje de Russkiy Newsweek | Otra ciudad mono-industrial post-soviética: la moldava Bălan
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