Bloque del Este

Historias del otro lado del Telón de Acero

Comunismo: un tercio del planeta Tierra

Por admin • Oct 7th, 2009 • Sección: Hemeroteca del Este

En octubre de 1961, una URSS en pleno desarrollo acogió el 22º Congreso del Partido Comunista soviético. Hasta Moscú se acercaron representantes de todos los países socialistas: un tercio del planeta. Aquella cita inauguró la rivalidad entre la URSS y China pero, sobre todo, simbolizó el apogeo del comunismo, un sistema en plena expasión global -como demostraba la reciente Revolución cubana- y consolidación en Europa -como demostraba el reciente Muro de Berlín-. Jruschov estaba convencido de que, de continuar con el crecimiento de posguerra, la URSS igualaría los estándares de bienestar occidentales. La que sigue es la interesante crónica de la revista norteamericana Time sobre aquel eufórico Congreso.

Jirones de bruma matinal recorren Moscú mientras los primeros grupos de delegados llegan a la Plaza Roja para asistir a la apertura del 22º Congreso del Partido Comunista. A un lado, los rayos del sol acarician las cúpulas de las iglesias del Kremlin, erigidas en los siglos XV y XVI con forma de cebollas doradas. Al otro, esos mismos rayos impactan en la modernista fachada de cristal del Palacio de Congresos, donde ondean las banderas rojas de las 15 ‘repúblicas‘ de la Unión Soviética.

El enorme auditorio presentaba un aforo completo. Los delegados se mostraban impresionados por los alrededores, y lo que más les impresionó fue que todo funcionara perfectamente, desde las casi silenciosas escaleras mecánicas hasta el aire acondicionado, desde los auriculares hasta el agua corriente fría y caliente en los lavatorios de mármol. En la planta séptima, que los periodistas occidentales bautizaron como ‘lo más de lo Marx’ se ofrecían tentempiés y refrescos. Nadie se molestó en decirles a los impresionados delegados que los suelos y las neveras las habían instalado dos empresas británicas, o que el aire acondicionado y la instalación eléctrica llegaron desde Alemania Occidental.

Semejante escenario sirvió la semana pasada para ambientar el enfrentamiento público más serio en el comunismo desde la defección de Tito de Moscú. En lugar de ampulosa retórica, hubo revelaciones acerca del reciente pasado comunista y las purgas de la década de 1930. En lugar de unidad repetitiva, existió una oleada de conflictos entre la China Roja y la Unión Soviética. Con el típico discurso oblicuo de los comunistas, Moscú y Pekín utilizaron a la pequeña e insignificante Albania como el motivo de la discusión y su cabeza de turco ideológica.

En las filas de asientos rojos del recién estrenado auditorio -confortables pero sin demasiado espacio para las piernas- se sentaban 4.394 delegados con voto y 405 sin él de la URSS y otros 80 países. Representaban a gigantes como la China Roja a pigmeos como Martinica o San Marino. Había ‘abuelas’ del partido como la americana Elizabeth Gurley Flynn, de 71 años, o la rimbombante Dolores Ibarruri, la famosa ‘Pasionaria’ de la Guerra Civil Española. Y había hombres con las manos manchadas de sangre por incontables ejecuciones -como el húngaro de mirada triste Janos Kadar o el gordo argentino Victorio Codovilla, que una vez sirvió como agente de la máxima confianza de Stalin en España- y gacetilleros del partido como el francés Maurice Thorez y el italiano Palmiro Togliatti, símbolos ambos del fracaso en dos países que hace una década parecían a punto de caer en el comunismo.

Ventanas rotas

Detrás de la fila de VIP’s extranjeros sentados bajo una gigantesca cabeza plateada de Lenin aparecieron los 13 miembros del Presídium del Partido soviético, liderados por un Nikita Jruschov en forma, algo más delgado. “Propongo que empecemos a trabajar”, dijo el Secretario del Partido entusiásticamente. “El 22º Congreso comienza su sesión”.

Jruschov estaba en plena forma. En la inauguración, despotricó y divagó sobre temas internacionales durante seis horas. Al día siguiente, peroró durante otras seis horas con una voz crecientemente ronca sobre los triunfos domésticos soviéticos. Grogui pero dispuesto, los delegados le apoyaron.

Jruschov asombró al mundo al anunciar que la URSS, “probablemente”, probaría una bomba de 50 megatones (igual a 50 millones de toneladas de TNT) al final de este mes. Los delegados aplaudieron, presumiblemente incluso aquellos procedentes de Kazajistán y el norte ártico de Siberia, donde son detonadas las bombas soviéticas. Nikita añadió: “tenemos una bomba igual a 100 millones de toneladas de TNT, y es verdad. Pero no la explotaremos, porque si lo hiciéramos, incluso en los más remotos lugares, podríamos volar por los aires nuestras propias ventanas”. Y continuó empalagosamente: “de cualquier modo, ojalá no tengamos que explotar estas bombas sobre ningún territorio”.

Hablando relativamente suave sobre Berlín, Jruschov afirmó tener la “impresión” de que las potencias occidentales estaban “inclinados a buscar una solución sobre bases mutuamente aceptables”. Si esta “impresión” fuera verdadera, indicó, “no insistiremos en que el tratado de paz con la Alemania Oriental sea firmado a cualquier coste antes del 31 de diciembre de 1961″. Lo que él siempre quiso, enunció Jruschov, era “disposición” occidental a resolver el problema alemán pero, presumiblemente, en términos rusos.

Como de costumbre, Nikita situó en los EE.UU el “centro de la reacción mundial”, cuyos agentes deambulan por el mundo intentado imponer el nuevo “colonialismo” sobre naciones recientemente independizadas y azuzando permanentemente las discrepancias entre los pacíficos países comunistas. Pero hoy, gritó, “no es el imperialismo, con sus hábitos lobunos, sino el socialismo, con sus ideas de paz y progreso, el que se está convirtiendo en el factor decisivo del desarrollo del mundo”. Aceptando que los comunistas en los EE.UU. han disminuido hasta una minoría absoluta, Jruschov afirmño que, sin embargo, las autoridades estadounidenses estaban completamente aterrados. Él valoró al Partido Comunista de los Estados Unidos como una “pequeña pero valiosa moneda de oro”.

Divertido para los periodistas

Jruschov combatió valientemente con la persistente crisis de la agricultura soviética. Regañó a los líderes de las granjas por ignorar las directivas del partido para plantar maíz en lugar de avena, y bromeó amenazador: ” Si estos responsables se mantienen testarudos y siguen plantando avena, nosotros les alimentaremos con copos de avena. Y no me refiero a esos copos para los niños, sino esa cosa gruesa de la que los soldados del Ejército Rojo solían decir en la Guerra Civil: no puedes decir si estás comiéndote tu ración o la de tu caballo”.

Recordando que hace tres años el afirmo que Rusia igualaría a los EE.UU. en la producción de carne per cápita para 1961 (lejos de eso, las diferencias han aumentado todavía más), Nikita remarcó jovial: “Los periodistas americanos están aquí. Les gusta hacer bromas con eso. Pero, señores, me permito apuntarles que si hablamos así nuestro pueblo está seguro de lograrlo”. Todo lo que se necesita , declaró, es que el Congreso “llame al Partido y al pueblo, y el pueblo hará milagros”.

Aumentó la impresionante altura de sus adjetivos al describir el cielo comunista esperando a aquellos rusos que pudieran esperar otros 20 años. Para 1980, prometió, el producto nacional bruto se habrá multiplicado por cinco, la producción industrial por seis, y los excedentes agrícolas por tres veces y media. Nadie trabajará entonces largas horas por poco sueldo y cada familia dispondrá de su propio apartamento libre de rentas. Y, lo mejor de todo, Nikita prometió que para 1965 cada ruso atesorará el increíble botín de “casi tres pares de zapatos por año”. Algunos de esos “milagros” comparados con los actuales registros de los Estados Unidos:

EEUU 1960 URSS 1960 URSS 1980
Estudiantes universitarios 3.500.000 2.500.000 8.000.000
Acero (millones de toneladas) 99,3 72 250
Grano de cereal (millones de toneladas) 175 135 300
Mineral de hierro (millones de toneladas) 68 52 72
Electricidad (miles de millones de kw/h) 896 294 320

Incluso si se toman literalmente estas previsiones rusas -y juzgando por actuaciones pasadas no hay razón para hacerlo- no están extraordinariamente por delante de la realidad presente de los EE.UU y su probable crecimiento.

Ligera siesta

Con el comunismo dinámicamente proyectado hacia delante, es curioso contemplar que Jruschov tiene casi tantos enemigos dentro que fuera. Una década después de la desaparición de Stalin, y tras años de que Jruschov eliminara, presuntamente, los últimos restos estalinistas del poder, encontró necesario repetir profusamente su crítica al “culto a la personalidad” y todos los males periféricos de la era de Stalin. Entonces, Jruschov procedió a desvelar algunos detalles de su pugna con otros miembros de lo que él llama el grupo ‘antipartido’, quienes se “opusieron violentamente” a su crítica de Stalin porque deseaban perpetuar sus malas artes.

Por primera vez, Nikita nombró públicamente al viejo blochevique Kliment Voroshilov, antiguo presidente de la Unión Soviética, como figura antipartido que se había disculpado. Los delegados aplaudieron, y entonces el anciano Voroshilov, de 80 años, sentado como un oscuro miembro del Presídium del Congreso, se sumó obediente al aplauso de su propia denuncia. Nikita procedió entonces a denunciar a Nikolai Bulganin, el más reticente de la pareja que mantuvo con Jruschov hasta su disolución en 1958. Bulganin, presente como delegado, pareció despertarse de una cabezada al escuchar su nombre y amagó con tomar algunas notas. Los otros villanos antipartido parecen candidatos para la expulsión del PCUS, la prisión o algo peor: Molotov (relativamente a salvo en Viena), Kaganovich, Malenkov, Pervukhin, Saburov y Shepilov.

Inmediatamente, Jruschov cambió su ataque de dirección y lo enfocó contra el más pequeño e insignificante país rojo: Albania. Lamentó que el Partido Comunista albanés haya permanecido leal a Stalin y añadió sombríamente: “No podemos hacer concesiones en puntos fundamentales, ni ante los líderes albaneses ni ante nadie”.

Quién podía ser ese “nadie” quedó claro cuando todos los delegados prorrumpieron en aplausos, todos menos el Premier chino, Chou Enlai, quien dejó quietos los brazos.

Países hermanos

En la enrevesada retórica comunista, Jruschov estaba hablando bastante claramente. Sus ataques contra el grupo antipartido, que ya está fuera de combate, y contra la pequeña Albania estaban en realidad dirigidos contra la China Roja. Las presuntas diferencias: las demandas estalinistas de Pekín de mayor militancia contra Occidente y menos coexistencia pacífica y su ambición de hegemonía china sobre Moscú en los asuntos asiáticos. Un signo de preocupación rusa sobre las exigencias chinas llegó la pasada semana en uno de esos movimientos velados que pueden tener considerable significado en el mundo comunista: el remoto oblast (provincia) soviética de Tuvá, en la frontera del indeciso estado satélite de Mongolia Exterior, fue abruptamente elevado a la categoría de “República Soviética autónoma”.

Al día siguiente, Chou En-lai aceptó el reto. Dirigiéndose al podio, anunció que la China Roja era una amiga de la Unión Soviética y de “todos los restantes países del campo socialista, el cual se extiende desde Corea del Norte hasta Alemania Oriental, y de Vietnam del Norte hasta Albania”. Un aplauso disperso fue silenciado en la sala cuando los casi 5.000 delegados comprobaron que Jruschov y los otros miembros del Presídium del Partido permanecían sentados sin moverse.

Chou En-lai reprendió a Jruschov por su “denuncia pública” de Albania: “Mostrar abiertamente en presencia del enemigo disputas entre países hermanos no puede ser calificado de serio enfoque Marxista-Leninista, y sólo puede distraer a nuestros amigos y entretener a nuestros enemigos”.

Chou envió una arenga típica contra los EE.UU pero nadie estaba escuchando realmente. Cuando le sustituyeron otros oradores después, cada uno orientó su voto hacia bien hacia Nikita Jruschov, bien hacia Mao Tse-tung, la exaltada dualidad comunista. Uno tras otro, los camaradas soviéticos de Jruschov abrieron fuego contra el grupo antipartido y la desafiante Albania. El polaco Wladyslaw Gomulka, el germano-oriental Walter Ulbricht, el húngaro Kadar, el checoslovaco Novotny y el rumano Gheorghiu-Dej les imitaron.

Rumores malévolos

Algunos delegados sonaban como reporteros de chismorreos de una publicación irónica. El viceprimer ministro Anastas Mikoyan afirmó que el líder albanés, Mehmet Shehu, pensaba que Stalin había cometido el error de no destruir el presente liderazgo del Partido Comunista Soviético. La ministra de cultura Ekaterina Furtseva aseguró al Congreso que Lazar Kaganovich fue responsable personal de la ejecución de cientos de trabajadores de los ferrocarriles en la década de 1950; el ucraniano Nikolai Podgorny tildó a Kaganovich de “degenerado”. Un delegado bielorruso acusó al ex-Secretario del Partido Georgy Malenkov de haber ayudado a la policía secreta de actuar contra un hombre inocente acusándole de pertenencia a un movimiento clandestino antisoviético.

Los líderes comunistas occidentales rápidamente se unieron al coro. Pero Chou En-lai no estaba completamente aislado en el Palacio de Congresos. El norvietnamita Ho Chi Minh y el orondo norcoreano Kim II Sung rechazaron unirse a la denuncia de Albania realizada por Jruschov.

Idénticos términos

Con las dos grandes potencias rojas enfrascadas en una lucha por el liderazgo, y Este y Oeste escogiendo lado, la pequeña Albania sonaba al final de la semana como la voz de la oposición. Desde Tirana, la radio albanesa se burlaba de Jruschov como un “antimarxista” y un “separador” de la unidad comunista. La radio proclamó: “Debemos ganar porque no estamos solos. Albania no cederá ante los ataques, calumnias o presiones de Jruschov y sus seguidores”.

Existía una tendencia natural en el mundo libre a alegrarse por semejante pelea, y tal vez a apoyar la línea ’suave’ rusa frente a la ‘dura’ china. Mientras puedan y deban ser exploradas las fisuras comunistas, Occidente está en peligro de engañarse con el asunto: ’suavidad’ y ‘dureza’ son relativos. Jruschov puede parecer suave frente a Pekín, pero es extraordinariamente duro comparado con cualquier otro. Estos términos, en realidad, son sólo etiquetas para diferentes estrategias dirigidas con una misma finalidad: derrocar el capitalismo y aupar al comunismo. Es un hecho simple pero importante que Occidente no puede desatender sin peligro, al tratar con hombres que rigen un tercio de la población mundial.

Publicado por la revista estadounidense Time en octubre de 1961.

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