Bloque del Este

Historias del otro lado del Telón de Acero

En la cuenca del Ruhr (I): Día de llegada a Essen

Por admin • Sep 22nd, 2009 • Sección: Hemeroteca del Este

Este artículo inaugura el repaso a la prolífica y brillante labor de Eugeni Xammar como corresponsal en la Alemania de entreguerras. Xammar, amigo de Josep Pla (con el que coincidió en el Berlín de la hiperinflación, los cabarets y una débil República de Weimar), viajó a comienzos de 1923 a la cuenca del Ruhr para comprobar la dureza de los franceses y belgas a la hora de cobrarse las abusivas indemnizaciones por la Gran Guerra europea. La paz de Versalles había declarado a Alemania única culpable de la contienda: la Segunda Guerra Mundial aguardaba a la vuelta de la esquina.

Decidme cómo van los ferrocarriles y os diré si en un país hay paz o guerra. Paz quiere decir regularidad y precisión en las comunicaciones. Guerra quiere decir inseguridad y confusión. (Existe, por supuesto, la excepción de España, donde los ferrocarriles van mal en tiempos de paz. Pero España no es exactamente aquello a lo que nosotros queremos llamar “país”.)

-¿A Essen? Ya veremos si llegamos -nos dijo el conductor cuando cogimos el tren en la estación berlinesa de Charlottenburg-. Si no podemos llegar, deberá levantarse a las cuatro y cambiar de tren en Hamm.

Mi compañero de compartimento iba a Colonia. Para él no había esperanza alguna. No le quedaba más remedio que levantarse a las cuatro, bajar en Hamm y tratar de llegar a Colonia por las  líneas secundarias y de tranvía, pues que, si era dudoso que nuestro tren llegara a entrar en la cuenca del Ruhr, era en cambio seguro que una vez dentro no volvería a salir, y que a Colonia, final de trayecto normal, no llegaría nunca.

Ninguna duda, pues. En la cuenca del Ruhr hay guerra.

En la estación de Essen no hay signos manifiestos de la ocupación. No se ve a un solo soldado. Muy modesto de proporciones, un único cartel en el vestíbulo indica el lugar de las oficinas militares. Tan pronto como salimos a la calle, otro cartel, que abarca un lienzo de pared, nos indica la dirección de la comandancia de la plaza, instalada en el edificio del Kohlensyndikat, el sindicato carbonífero que era dueño de la cuenca del Ruhr antes de que llegaran los franceses. Con letras inmensas, el texto francés: “Commandement de la place”. Debajo, con letras minúsculas, la palabra alemana que la guerra ha hecho célebre: “Kommandantur”. Velando por la integridad del cartel, un centinela uniformado de azul, con casco de acero y bayoneta en el cañón. A las seis y media de la mañana apenas empezaba a despuntar el día, y la bayoneta del centinela tenía, a oscuras, un brillo desagradable.

Al llegar al hotel se repite, de otro modo, la escena de la salida de Berlín:
- No le aseguramos que esta noche pueda dormir aquí. Los franceses pueden venir a incautarse del hotel de un momento a otro. Si no quiere correr el riesgo de pasar la noche en la calle o en la sala de espera de la estación, tome precauciones. Además, hágase servir el desayuno antes de las nueve y coma bien, ya que en todo Essen no habrá modo de comer ni beber hasta las cuatro de la tarde.
- ¿Qué ocurre?
- Los franceses detuvieron ayer al doctor Schaeffer, y las asociaciones patronales y obreras del comercio de Essen decidieron cerrar las tiendas hoy e interrumpir cualquier tipo de servicio hasta las cuatro de la tarde a modo de protesta. (El doctor Schaeffer es el primer teniente de alcalde de Essen y ejerce de alcalde desde que el doctor Luther fue nombrado ministro de Aprovisionamientos del gabinete Cuno.)

Un cierre general en una ciudad alemana es mucho menos impresionante que en nuestro país, pues ni los portales ni los escaparates están protegidos por puertas de hierro. Aun así, a las diez de la mañana Essen ofrece un aspecto de anormal excitación. Los desempleados abarrotan las calles del centro de la ciudad. Entre la muchedumbre pasan algunos -no muchos- soldados y oficiales franceses, rápidos, atareados, voluntariamente distraídos para evitar las miradas de la gente. Cada oficial va acompañado por dos o cuatro soldados con armas. Cada soldado sin armas lleva al lado a un compañero con la bayoneta en el cañón. De vez en cuando la gente debe amontonarse sobre la acera (toda la parte central de Essen no son más que callejones) para dejar paso libre a una recua de camiones militares, un pelotón de soldados de caballería, o un escuadrón de Tanks que pasa lentamente,  roncando y arrastrándose.

La gran plaza que hay frente a la estación es el lugar más vibrante de la ciudad. Una docena de policías alemanes a caballo mantienen el orden, impidiendo que la gente se acerque demasiado al Hotel Handelshof, residencia de los oficiales franceses. Uno tiene la sensación de que si no fuera por la presencia y la acción paciente y continua de los policías alemanes no tardarían en repetirse los incidentes, inútilmente trágicos, de Frankfurt; a  tal punto llega la agitación de la gente, a tal punto es visible el nerviosismo de los centinelas franceses que montan guardia delante del Handelshof y de Correos.

Alrededor de los vendedores de periódicos instalados en la plaza de la Estación se ha formado un numeroso grupo que se renueva sin cesar.
- ¿La Essener Allgemeine, dice? Supendida por quince días desde ayer. ¿La Rheinische-Westphalische Zeitung? Suspendida desde hace tres días y no se sabe cuándo podrá volver a salir…
A excepción de dos periódicos que también han pasado por períodos de suspensión, toda la prensa de Essen está suspendida. No salen más que el Essenger Anzeiger, y la Essener Volkszeitung, órgano del Partido Católico. A las diez y media de la mañana llega a la plaza de la Estación un número extraordinario del Essener Anzeiger, un cuarto de página impreso por una sola cara, que se vende a 30 marcos. Todos lo compran y lo leen febrilmente. Los grupos de gente se hacen más densos, y la policía, para evitar incidentes, echa de la plaza de la Estación a los vendedores.

¿Qué ha pasado? La hoja extraordinaria anuncia con letras gruesas que al día siguiente, a las nueve de la mañana, el alcalde de Essen será juzgado por un consejo de guerra francés. Sólo eso y la cotización del dólar, 19.323 Fieles a las costumbres de Berlín, nos dirigimos al ciudadano que tenemos al lado:
- ¿Qué le parece? El dólar a menos de veinte mil… El interpelado nos mira de pies a cabeza, y nos da la espalda. Nosotros, algo avergonzados, también damos media vuelta y vamos a recorrer otros lugares de la ciudad. Al pasar por delante de Correos un centinela francés nos da la orden seca y terminante de bajar de la acera.

…Comprendemos que en Essen la cotización del dólar interese poco.

Essen, 15 de febrero de 1923

P.S.: Hemos dejado pasar a propósito más de un mes de ocupación francesa antes de venir a la cuenca del Ruhr. Más que reflejar las impresiones directas e inmediatas -trabajo que corresponde a la información telegráfica- llevábamos el plan de recoger sobre el terreno las opiniones y puntos de vista de una y otra parte acerca del estado y el porvenir de una situación compleja y difícil. Pero después de seis semanas de ocupación encontramos la cuenca del Ruhr en pleno estado de desorganización y de guerra, poco propicio para efectuar una encuesta con detenimiento y sobre todo para escribir con calma. Al volver a Berlín trataremos de averiguar si el contacto con los hombres y los hechos permite llegar a conclusiones.

Eugeni Xammar, La Veu de Catalunya (25-II-1923)
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