Bloque del Este

Historias del otro lado del Telón de Acero

En la cuenca del Ruhr (III): Consejos de Guerra

Por admin • Nov 30th, 2009 • Sección: Hemeroteca del Este

Continúa, depués de la vóragine celebrativa del Muro, el repaso a los artículos enviados por uno de los más brillantes periodistas españoles del siglo XX, Eugeni Xammar, como corresponsal de La Veu de Catalunya en la Alemania de entreguerras. Xammar se desplazó a la cuenca del Ruhr durante la ocupación francesa de 1923, desde donde firmó crónicas como ésta acerca de los consejos de guerra franceses contra ciudadanos alemanes.

En las afueras de Essen, en el Ayuntamiento de Bredeney, se ha instalado el cuartel general de la división francesa número 128. A un centenar de pasos del Ayuntamiento está la llamada Sängers Halle, local social de un orfeón y sala de fiestas del barrio. Es una sola nave construida en madera, bastante espaciosa, con un mostrador para despachar bebidas a la derecha y al fondo un pequeño escenario de colores muy llamativos. Normalmente, en la Sängers Halle había cinematógrafo los jueves, baile los sábados, y el domingo baile de aficionados o concierto del orfeón. Ayer, desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde, se celebraron tres consejos de guerra.

La escena

Paralela al escenario, la mesa de los jueces, cubierta de lustrina roja. A la derecha del tribunal, una mesa para el fiscal, el relator y sus secretarios. A la izquierda, otra mesa para la defensa: dos abogados alemanes y dos secretarias. Completaban el cuadro de cara al tribunal doce soldados franceses, uniformados de campaña, con cascos de acero, mochila y bayoneta en el cañón, mandados por un sargento. Inmediatamente detrás de las bayonetas, los periodistas; detrás de nosotros, el público. En el centro del cuadro formado por el tribunal, la acusación y la defensa y la guardia armada, una mesa pequeña y dos sillas, una para el acusado y otra para el intérprete. Declaraban los testigos y gendarmes franceses se encargaban de guardar las puertas y de mantener el orden en la sala. La más mínima interrupción, un grito, un aplauso, habrían determinado la expulsión violenta del público. Pero ni cuando aparecieron los acusados, ni cuando éstos dieron muestras de patriotismo delante de los jueces franceses, ni cuando el presidente del tribunal leyó las rigurosas sentencias, el numeroso público hizo ningún tipo de manifestación.

Los jueces, el fiscal, los defensores

Los jueces son cinco. Un teniente coronel que preside un capitán, un lugarteniente, un suboficial y un cabo. De los cinco, sólo el presidente tiene aire militar: pequeño, estirado, limpio, cara simpática y poco inteligente, cabello gris y escaso, cráneo reluciente y bigote recortado -¿osaremos decirlo?- a la alemana. Habla sin brusquedad y sin impertinencia, peor sin dejar nunca el tono de mando. Conduce y sigue los debates con una atención que, en el espacio de nueve horas, no ha decaído ni un segundo. Se ve que tiene afición al oficio. La actitud del presidente contrasta con la de los otros cuatro jueces. Caras aburridas y ausentes. No hay duda de que preferirían no tener que hacer lo que hacen.

El fiscal lleva el uniforme caqui de las tropas coloniales y tiene la piel curtida por el sol de África. Habla poco y muy deprisa, como escopeteado. Tratado de Versalles, bando del general Degoutte, Código de Justicia militar, diez años de presidio, tres años de cárcel, 10 millones de marcos de multa. Su tesis es: palo de ciego o si no cada día lo tendremos peor.

Los defensores son dos abogados alemanes, el doctor Grimm y el doctor Niedermayer. Ambos hablan en francés. Uno, el doctor Grimm, bastante bien; el otro, el doctor Niedermayer, bastante mal. Se han repartido los papeles. El doctor Grimm, doctor en derecho internacional, se encarga de demostrar la incompetencia del tribunal y la ilegalidad de sus sentencias según el derecho de gentes. El doctor Niedermayer pretende hacer creer a los jueces que los acusados, ciudadanos alemanes, no podían hacer lo que las autoridades francesas les pedían porque la ley alemana lo prohíbe. Ambos pierden el tiempo con mucha más que generosdad que el fiscal. El doctor Grimm, sobre todo, no debe escatimar las horas para demostrar que, hallándose la cuenca del Ruhr fuera de la convención del Rin, no podían celebrarse consejos de guerra franceses. “Eso tan sólo sería posible si Alemania y Francia estuvieran en estado de guerra. Pero éste no es el caso. El propio señor Poincaré ha dicho y repetido que <nuestra misión es una misión de paz>”.

El doctor Grimm es un alemán rubio y rechoncho que tiene buenas salidas.

Los acusados

Son tres. El primero es un hombre de sesenta y tres años, corpulento y de porte energético. Se llama Havenstein y desde hacía quince días era el alcalde de la ciudad de Oberhausen. ¿Qué ha hecho? Como director de las compañías municipales de gas y de electricidad, dejó durante tres días a oscuras la estación de Oberhausen ocupada por las tropas francesas. Habiéndole pedido los franceses que restableciera la corriente, contestó que él no recibía órdenes más que del gobierno alemán.

El segundo acusado lleva el nombre de Busemann y es director de la Compañía de Electricidad del Rin y Westfalia, que suministra la corriente al Hotel Kaiserhof, donde están instalados los ingenieros de la misión francesa. A consecuencia de un acto de sabotaje realizado por el personal de la compañía, el Hotel Kaiserhof se quedó sin luz durante dos días.  Busemann es acusado de no haber querido dar las órdenes necesarias para que fuesen reparados inmediatamente los daños causados por el sabotaje de los obreros.

Por último, comparece ante los jueces el doctor Schaeffer, alcalde de Essen, acusado de desobediencia a las órdenes de la autoridad militar francesa. Se le pidieron 72 automóviles y contestó que la ley alemana no lo autorizaba a disponer de la propiedad particular de los alemanes. Se le pidió cierta cantidad de carbón para las tropas y contestó que las órdenes del Gobierno de Berlín le impedían a enviarlo.

El presidente interroga. La ley francesa exige que se le pregunte al acusado si tiene hijos y cuántos. Es el momento realmente dramático del interrogatorio y de los procesos. Todos los acusados son padres de familia. Havenstein tiene cinco hijos; Schaeffer, cuatro; Busemann, siete. Los jueces no pueden evitar intercambiar una mirada. A nuestra memoria vienen las terribles palabras de Poincaré: “A Alemania le sobran veinte millones de habitantes”.

“Au nom du peuple français”

El consejo de guerra delibera en el escenario, detrás del telón echado. Con cinco minutos cada vez tiene suficiente. Al bajar des escenario, el presidente, con voz firme, lee las sentencias y los jueces saludan militarmente cuando son pronunciadas las primeras palabras de la sentencia: “Au nom du peuple français“. Desde la Revolución todos los tribunales franceses fallan en nombre del pueblo francés.

En nombre del pueblo francés el alcalde de Oberhausen es condenado a tres años de prisión; el director de la Compañía de Electricidad, a 5 millones de marcos de multa; y el alcalde de Essen, a dos años de prisión y 10 millones de marcos de multa. Leída la última sentencia, el presidente hace saber que los consejos continuarán al día siguiente.

Después de la moderación en las sentencias de Maguncia contra  los directores y propietarios de minas, el rigor de las condenas de Bredeney es un signo del agravamiento del estado de guerra. En Essen la noticia de la condena del alcalde no fue conocida públicamente hasta el anochecer. La gente se preguntaba con ansia qué pasaría al día siguiente. Si la sola detención había provocado manifestaciones y cierre de puertas, ¿qué haría el pueblo al conocer la sentencia?

Pero hoy no ha parado de nevar y llover, y el frío ha sido más intenso que en todo el invierno. El pueblo se ha quedado en casa, junto al fuego. Las fuerzas providenciales son pacíficas.

Essen, 16 de febrero de 1923

Eugeni Xammar para La Veu de Catalunya [28-II-1923]


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