Perestroika y economía, catalizadores de la reunificación
Por aragonesenberlin • Jun 12th, 2009 • Sección: Hemeroteca del EsteTres son las razones fundamentales que contemplaba Ignacio Sotelo en 1990 para que el proceso de unificación de Alemania se hubiera acelerado. En primer lugar, la Unión Soviética necesita desarmarse para que la perestroika no naufrague. En segundo lugar, la situación económica de la RDA es más grave de lo que se suponía. Y, por último, la potencia económica de la RFA es más que suficiente para imponer la unificación.
No hace tanto tiempo que pasaba por moneda de ley el principio de la irreversibilidad del poder comunista: allí donde lograra establecerse habría que abandonar toda esperanza. El anticomunismo más visceral, no sin cierta envidia, hablaba de la fortaleza de las dictaduras totalitarias, con vocación de permanencia ¡limitada, así como de la fragilidad de las democracias occidentales, propensas más bien a la ingobernabilidad. Los regímenes totalitarios darían muestra de una estabilidad que bien la quisieran para sí las democracias occidentales.Hoy, sin que haya mediado la menor explicación, se invierte el discurso: lo que sería inconcebible, tanto que ni siquiera se habla de ello, ya que silenciar lo que no conviene corresponde también a nuestro sistema de defensas, es el derrumbamiento del capitalismo. Del desplome del comunismo soviético se infiere, como conclusión lógica irrebatible, la perpetuación indefinida del capitalismo. Alguno incluso, sin el menor pudor, retoma el discurso hegeliano-marxista del fin de la historia y se queda tan fresco. Obsérvese que a menudo los argumentos más exitosos de la derecha provienen del arsenal de la izquierda; eso sí, dándoles la vuelta, sin otro significado que poner de manifiesto la antigua creencia del converso.
El que no esté dispuesto a comulgar con ruedas de molino ni acepta sumiso la propaganda de los poderosos, de la que suelen ser ellos los más convencidos -tendemos a creer en todo aquello que nos conviene, desde la inmortalidad del alma hasta que nos va a tocar la lotería-, habrá tomado buena nota de que el tipo ideal de poder burocrático en que culmina el proceso de modernización, evidentemente en su forma estatal, pero tal vez, ¿por qué no?, en las formas privadas propias del capitalismo avanzado, no sean tan insuperables como para su desesperación supuso Max Weber.
Frontera abierta
Hace unos meses parecía que el muro de Berlín iba para largo. Por un lado, resultaba impensable que la RDA pudiera subsistir con una frontera abierta -hipótesis que se ha confirmado-; por otro, tampoco se oponía frontalmente a los intereses de Occidente, que, como condición indispensable de la paz, necesitaba de la estabilidad del bloque oriental. Adernás costaba renunciar a un instrumento tan fantástico de propaganda. Después del 9 de noviembre, difícilmente cabía ya la duda de que el final del proceso pudiera ser otro que la unificación, pero antes había que salvar no pocos obstáculos que, en el mejor de los casos, llevarían algunos años.
Con la experiencia a cuestas de dos guerras mundiales desencadenadas desde Alemania parecía obvio que la unificación de los dos Estados alemanes sólo cabía plantearla desde la unificación de Europa, y no como el mayor impedimento a su consecución. Con harta precipitación pensamos que una Alemania unida sólo encajaba en una Europa unida, de la que evidentemente aún estamos muy alejados. Los Estados vecinos sólo aceptarían la unificación de Alemania al ritmo que tuviera el proceso de unificación de Europa. Por su parte, las dos grandes potencias no podrían consentir una Alemania unida sin las consiguientes seguridades militares, cuestión que llevaría tiempo.
Desde una perspectiva de izquierda, sin necesidad de caer en el idealismo de los verdes, que han hipotecado su porvenir y hasta pudieran desaparecer, al ser la única fuerza política que se opone a la unificación con el argumento de que una Alemania de cerca de 80 millones de habitantes con la mayor capacidad productiva de Europa podría volver a desencadenar un nacionalismo agresivo, cabía al menos la expectativa de que una RDA que sobreviviese al fuerte envite de su compañera occidental no tendría otra posibilidad que ofrecer una alternativa democrática viable; es decir, poner en práctica algo así como un socialismo democrático que no reprodujera fielmente el modelo occidental.
No vale volver a las andadas de una izquierda ideal, empeñada con demasiada frecuencia en negar la realidad cuando marcha por unos pagos que no encajan en sus esquemas. Partir de lo que es, y no de lo que nos gustaría que fuese, es el primer deber de la izquierda, tan dispuesta a creer en sus propios mitos y tentada, por lo menos en sus formas marginales, a refugiarse en una teoría conspiratoria de la historia y suponer que el derrumbamiento de los regímenes comunistas sea poco menos que una operación propagandística del imperialismo, o la acción de algunos traidores con nombre y apellido. Permítaseme que adelante un bosquejo explicativo que trate de dar cuenta de lo ocurrido. Ni que decir tiene que, dada la velocidad con que suceden los acontecimientos, estoy dispuesto a rectificar todas las veces que sea necesario.
Impulsor de las reformas
La caída de los regímenes del Este tiene su origen en la perestroika. No se trata de cuestionar el carácter revolucionario del levantamiento de las masas en todos estos países, pero lo ocurrido en 1989 no es sin más la repetición de los acontecimientos de Hungría en 1956 o de Checoslovaquia en 1968. Ahora se sabía que la Unión Soviética no sólo no iba a intervenir, sino que se había convertido en el mayor impulsor de las reformas en estos países. No en vano el régimen de Honecker cayó pocos días después de la visita de Gorbachov, una vez que aquél se opuso a cambiar de política, aferrado al argumento de que una apertura del régimen implicaría indefectiblemente la anexión por el otro Estado alemán. La debilidad de Honecker consistía en que la Unión Soviética había apostado por las reformas aun al precio de perder su zona de influencia, que, en el estado de fragilidad al que había llegado, se revela como una carga.
No hay alternativa a la perestroika, en cuanto viene impuesta por la baja productividad de la Unión Soviética, incapaz de sostener el reto armamentístico en que se había empeñado, y que la política de Reagan obligó a llevar a los últimos extremos. El imperio soviético se tambalea y el régimen se derrumba porque frente a la ineficacia económica, que ha llegado a cotas increíbles, sólo sabía responder con la máxima rigidez burocrática e ideológica. En vez de un consumo digno en ascenso, la población de los países del Este tan sólo recibía un discurso propagandístico que, con el más riguroso monopolio informativo, trataba de imponer que vivían cada vez mejor en un mundo justo y libre, sin más problemas que los que se derivaban de la juventud y tamaño del proyecto y los inducidos por el imperialismo occidental. El abismo existente entre lo vivido y la ideología impuesta ha creado una población por completo desideologizada, sin otra aspiración que consumir. El modelo soviético podría reducirse a la fórmula de ineficacia económica, más privilegios burocráticos disfrazados de ideología. Las ideologías sin base material terminan por desplomarse como castillo de naipes, confirmando un supuesto básico del marxismo.
Historia y coyuntura
El que en este escenario se haya acelerado de tal forma el proceso de unificación de Alemania se debe a una conjunción de muy diversas razones, unas de gran calado histórico, otras coyunturales. Entre las primeras hay que mencionar:
1.-La Unión Soviética necesita el desarme como condición indispensable para el éxito de la perestroika, lo que sólo parece negociable retirándose de Europa oriental.
2.-La situación económica y social de la RDA es mucho más grave de lo que suponíamos, con estadísticas que se han revelado en buena parte pura invención. El monopolio estatal de la información ha permitido también aquí jugar una mala pasada a los pueblos. La RDA es incapaz de salir de la crisis por sus propias fuerzas, y en ningún caso con la frontera abierta. Si en un año no se llegara a la unidad corre el peligro de que la RDA se vaciase. Hay que decir que la República Federal es la menos interesada en frenar esta sangría o en ayudar económicamente a un Estado que pretende anexionar sin condiciones.
3.-La República Federal es económicamente lo bastante potente para imponer la unificación. Una vez que la Unión Soviética ha tenido que aceptar la unidad, Estados Unidos no puede oponerse, si no quiere obligar a Alemania a un nuevo Rapallo. En la misma situación se encuentran los aliados europeos. Mitterrand, convencido de que la unidad es insoslayable, prefiere que se haga con el apoyo de Francia a que se consiga con una oposición que podría levantar los viejos fantasmas.
Otras razones son mucho más coyunturales, pero no por ello menos efectivas. El que 1990 sea un año electoral en la RFA ha obligado a apretar el acelerador, ya que ningún partido quiere ser sobrepasado en el afán unificador. El canciller Kohl está convencido de que sólo puede ganar frente a republicanos y socialdemócratas convirtiéndose en el adalid de la unificación. Una vez dado el paso, los órganos electorales han descubierto, para sorpresa propia y ajena, que era factible en la actual constelación.
Visto en | El País
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